El fin de un ciclo

Hoy concluye uno de los años más ocupados y estresantes de mi vida, pero también uno de los que me han traído las mayores recompensas personales y académicas. Este día termina oficialmente mi primer año en la Maestría en Ciencias con orientación en Cognición y Educación, y una breve mirada en retrospectiva me permite sentirme orgullosa de mí misma y de cómo he estado enfrentando cada obstáculo en el camino.

Cuando comencé mi primer semestre, en enero de este año, me sentía totalmente aterrada. Me preguntaba si había elegido la maestría correcta, no porque dudara de mi interés en la ciencia, sino porque dudaba de mi capacidad y de mi preparación para enfrentarme a lo que se avecinaba. Cuando me mostraron las tasas de egreso y de titulación de la Maestría, mi miedo empeoró: eran muchos los estudiantes que desertaban durante el camino. Aun así continué. Ya era muy tarde para volver atrás.

Creo que lo más difícil de este proceso fueron los primeros meses. Mis carencias con el inglés eran notorias, y me tomaba mucho tiempo y esfuerzo realizar las lecturas de libros y artículos. Después vino el problema de elegir un tema para mi tesis. Sabía que quería estudiar algo relacionado con la educación en línea, pero el proceso de concretizar el proyecto fue más complicado de lo que pensé. No obstante, todo comenzó a tomar su curso alrededor de marzo. La práctica y la persistencia me ayudaron poco a poco a mejorar mi inglés, mientras que la lectura constante y el apoyo de mi directora de tesis me hicieron descender del mundo de la fantasía para definir un objetivo de investigación concreto y, sobre todo, factible.

Una vez superados los primeros obstáculos llegó la hora de enfrentar a un enemigo temido por la mayoría de los estudiantes de la Maestría: la estadística. Siendo egresada de una facultad fundamentalmente cualitativa, el término “cuanti” me causaba escalofríos. Con el apoyo de mi directora y de mis compañeros decidí comenzar a estudiar ese extraño mundo con sus campanas de Gauss y sus múltiples pruebas paramétricas y no paramétricas. Las vacaciones de Semana Santa sirvieron como introducción, en tanto que las vacaciones de verano fueron una serie de libros, videos tutoriales y ejercicios de estadística.

Fue así como comenzó agosto y con él llegó la sensación de familiaridad y de pertenencia. El edificio de posgrado parecía ahora un lugar acogedor y mis compañeros pasaron a ser mis amigos. El tiempo en clase era disfrutable y la convivencia con los otros, reconfortante. Siempre animaba saber que los otros tenían las mismas dudas, los mismos miedos, la misma sensación de no tener tiempo para realizar todo lo que queríamos. Encontramos un macabro placer en reírnos de nuestros tropiezos y raspones. Juntos comenzamos a estudiar estadística por las tardes, a ejercitarnos por las noches y a acompañarnos en las madrugadas en vela puliendo nuestros trabajos.

Los meses pasaron entre la elección, traducción y piloteo de escalas, entre trabajos finales y pretextos para festejar cualquier ocasión que se nos ocurriera. Al final no todos mis compañeros terminaron este ciclo, pero todos crecimos. Aún tenemos miedos y dudas, pero ahora sabemos que todo es cuestión de seguir el camino para no perderse. Entendemos que somos capaces de realizar todo lo que queramos, siempre y cuando sepamos establecer prioridades y organizar nuestros tiempos.

En lo personal, me siento complacida porque mi trabajo pasó de ser una masa deforme a un pequeño embrión con sus extremidades ya distinguibles. Me alegro de haber descubierto que lo “cuali” y lo “cuanti” no están peleados y que disfruto de ambos. Pero, sobre todo, estoy satisfecha porque concluyo un ciclo con la seguridad de que puedo mejorar tanto como yo quiera, de que hay muchas personas que ven una luz en mí aun cuando me siento en penumbras, de que el fin de este período sólo es el inicio de un año mucho más ocupado y estresante, y eso simplemente me encanta. ¿Qué le vamos a hacer? Supongo que todos los que estudiamos ciencias somos un tanto masoquistas.